Del libro “Cosas de piel” el relato “Cuando calla el silencio”

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CUANDO CALLA EL SILENCIO del libro “Cosas de piel”

Sonó el portero eléctrico y dio contra mi pecho desestabilizándome.
Mi cuerpo empezó a temblar, ¿sería él?
No podía pensar claramente, tendría que bajar los 3 pisos y ver quien era pero no quería hacerlo.
Sentía miedo o algo parecido que descontrolaba mi sangre.
¿Quería que fuese él o no quería?
Segundo timbre.
¿Tendría aún la llave de la puerta de calle?.
Y si la tuviese, ¿entraría?
Hacía un mes que me había ido, el me había mandado un mensaje de texto que no quise leer en su momento, cuando ese día lo leí, se disparó una respuesta descontrolada desde mi celular.
¿O controlada por quién?:
—Vvvvvvvv…
Y él enseguida me contestó:
—Se te escaparon unas letras, pero quédate tranquila que yo las tengo.
¡Dios mío! Leerlo era amarlo. Yo sabía que si lo dejaba hablar o escribirme, no tendría más escudo ante él.
Ahora tenía que decidir qué hacer, estaba pronta para salir al encuentro de una amiga muy querida que no veía hacía unos años, con la cartera colgada del hombro, estaba petrificada ante la puerta de mi departamento.
Todo se veía muy gris, había bajado las ventanas para que no entrara el calor del verano, y mis lentes negros ya colocados para salir a la calle.
Le mandé un mensaje:
—¿Sos tú que está tocando el timbre?
—Sí
—Andate por favor, no pienso abrirte.
—No quiero que me abras, solo que bajes.
—¿Para qué? Ya todo fue hablado.
—Para decirte al oído una canción.
No bajé, me quedé quieta tras la puerta cerrada, con la esperanza de que el destino moviera sus fichas, mis tinieblas actuaran por mí o la luz que escaseaba en esta casa y como rayos divinos pasando entre las rendijas de la ventana me iluminaran.
—Estoy subiendo.
Abrí la cartera rápidamente y busqué con desesperación el perfume, lo miré fijo, pensé algo que no recuerdo, y lo volví a guardar intacto.
Se sintió la puerta del ascensor abrir en la planta baja, alguien subía, el sonido era como de una tormenta eléctrica que iba acercándose, aún tenía la esperanza de que no fuese él.
¿La tenía?
Como una queja el ascensor subiendo se sentía dentro mío.
Se detuvo en mi piso, miré por la mirilla y lo ví salir y acercarse a mi entrada.
No tocó timbre, solo tarareo su presencia con un dedo sobre la puerta.
Ninguno dijo nada, el mutismo se adueñó del entorno.
Mi respiración se hizo agonía.
Estaban detenidos los sonidos.
¿Sería así el silencio de la muerte?
Sólo nos separaba una puerta y mil secuelas.
Respiré más hondo, dejé que el aire se recostara entre mis senos, una sensación de estar desprotegida vino acompañando a la ausencia de sonidos.
A Eva la sedujo una serpiente con el conocimiento, a mi me estaba devorando el descontrol de lo mismo.
Corrí la llave. Fue un golpe sonoro como caja de seguridad de un Banco.
Esperé.
Esperó.
Igual el tiempo es relativo, pero mis piernas empezaban a perder fuerzas y pasamos varios minutos en esa ausencia de audición anónima.
Abrí un centímetro la puerta, el estaba pegado a ella, algo me impedía mirarlo a la cara, cuando lo hice él tenía sus ojos cerrados. Me reí nerviosa, lloré de rabia, ya no lo amaba como antes, él se había dedicado a perdernos a alejarnos.
El silencio nos había secuestrado nuevamente
¿Abría del todo la puerta o la cerraba para siempre?
—Haz lo que tu corazón te dicte, dijo sin abrir los ojos y adivinando mis dudas.
—En este momento siento que solo soy piel y huesos, no sé dónde está mi corazón, vete por favor.
—Entonces estás grave, soy médico dejame pasar.

(Otra vez sus palabras lo hicieron)

Abrí a medias.
Entró.
Nos mirábamos de soslayo, bajando la vista inmediatamente.
¿Sintiendo vergüenza de nuestras ignorancias?
Dejó unos libros sobre una mesa, se me acercó, me recosté contra la pared y su cuerpo contra el mío, sus manos buscaron los rincones conocidos.
El olor del silencio era seductor, afrodisíaco.
Mis ojos se acostaron en los suyos.
Mis piernas habían desmayado en el encuentro, y la cama acudió en nuestro auxilio.
Mi ropa fue cubriendo los espacios vacíos del dormitorio y la suya quedó sobre un costado, atestiguando hormonas.
No hablábamos, hablaban nuestros cuerpos, y a veces se escuchaban las sombras de la mente.
Le hicimos trampas a las horas.
Mi cuerpo desapareció bajo el suyo.
Respiramos conciencias y exhalamos consecuencias.
Sedientas de nostalgias, borrachas nuestras pieles, cayó mi corazón a mi entrepiernas.
—Te amo, -dijo mirándome y respirando dentro de mi boca mientras sus manos sujetaban mis muslos.
—¿Me amas? —investigué sus pupilas, esperando ver un gesto inapropiado.
Suspiró profundamente, me acarició la cabeza y me miró como tratando de llegar a mi mente.
—Tú lo sabes, te amo, —dijo mientras desenroscaba mi cabello de sus manos.
Tal vez esperaba mi respuesta.

Maria Raquel Bonifacino

 

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